LA CASA DEL ÚLTIMO DÍA


(Portada para la segunda edición)


SINOPSIS:
 
Gildardo es un adolescente entre 13 y 15 años que se encuentra a disgusto con su vida; es el segundo de tres hermanos, por lo que se siente desplazado, siente que en la escuela todos lo critican y constantemente se haya castigado por las acciones que realiza para llamar la atención, pues piensa que a nadie le importa y se siente carente de afecto; esto lo lleva a tener una actitud negativa.
 
En un campamento, al que lo envía el psicólogo escolar, se encuentra con un chaneque, un ser fantástico de la mitología prehispánica, quien le encomienda la tarea de buscar ocho gemas mágicas que completarían un disco que otorga la armonía al universo. Emprendiendo la búsqueda se involucra en diferentes aventuras, entre mágicas, fantásticas y realistas, para encontrar las gemas, primero, con una anciana que ha sido despojada de su herencia, luego con unos niños de la calle, después con unos campesinos y finalmente deberá enfrentarse a sí mismo para derrotar sus propios temores y descubrir que aquello que decía carecer, siempre lo ha tenido a la mano y que es más afortunado que muchas personas.
 
Gildardo es un púber que atraviesa por una crisis de aceptación y de exclusión. Su carácter impulsivo y su afán de conquista, propios de la edad, lo hacen sentir el más incomprendido del planeta. Sin embargo él nunca imaginó que las dificultades con algunos de sus compañeros de aquel campamento de verano lo conducirían al encuentro de sí mismo.
Atrapado por la magia de los chaneques, quienes lo conducen a un lugar secreto, acepta el reto que éstos le proponen para hallar las gemas que conforman el Aro del Círculo de la Armonía. Así pues Gildardo se lanza a la búsqueda a través de la selva veracruzana, sorteando dificultades y resolviendo enigmas para recuperar las piedras. La única herramienta con la que cuenta es su ingenio. Este viaje onírico y mágico son las premisas de una novela que nos atrapa sutilmente de inicio a fin. ¿Encontrará Gildardo las gemas? ¿Podrá salir de la selva?...
LA CASA DEL ÚLTIMO DÍA es un calidoscopio de aventuras que conducen a Gildardo a rescatar los valores más elementales del hombre. Las numerosas vicisitudes y personajes sui géneris de la odisea de este adolescente nos arrastra por un laberinto de sorpresas que nos obliga a pensar que la felicidad radica en uno mismo.
 
Ricardo Juárez Del Moral.
(Texto en cuarta de forros, primera edición)

CROMA

SINOPSIS:
Misael, un anciano a quien tratan de  Alzheimer, sólo ha decidido que quiere olvidar los más recientes acontecimientos, el más importante es la muerte de su amigo, a quien habían encarcelado por haber herido a uno de los muchachos que sistemáticamente  realizaba grafitis en la pared de su casa y usaban su portón como portería. En realidad decide olvidar todo desde que ve el fantasma de su amigo, quien muere en  calidad de preso, y se despide de él en el crematorio. Sin embargo Misael decide vengar a su amigo y esgrime un plan para ganar la confianza de los muchachos, elegir uno y retenerlo para vengar, en en él, la muerte de su amigo. Alicia, la esposa de Misael,  en un principio accede por seguir la corriente a su marido pero poco a poco descubre que le gusta eso de la venganza.
FRAGMENTO
       Por la vista se le resbalaba el color violeta de la jacaranda alineada como una pared que marcaba el ritmo de los días. Antes verde, ahora violácea con el fin del invierno, señalándole que ya eran muchos días en ese cuarto donde de tarde en tarde iba a visitarlo su esposa; pero su amigo, el del fin de sus días, ese no vendría ni lo encontraría en su acera ahora que la jacaranda florecía a la par que le habían dado de alta. Su amigo ya no estaba y lo extrañaba, ¡Dios, cómo lo extrañaba!
       Fijó su mirada en aquella explosión de flores que había visto surgir frente a su ventana, entrecerró los ojos y quiso aprisionar así un recuerdo final de esa última mañana en el hospital. Decían que comenzaba a internarse en un mundo extraño, que su mente no retenía más recuerdos y que entre la revoltura de sus añoranzas y el nuevo mundo en cual caminaba a tientas, la niebla del olvido le invadía el alma y se le derramaba por el cuerpo. ¡Eran unos imbéciles! Eso precisamente quería él… Olvidar, olvidar, olvidar… ¡Olvidarlo todo y a todos! Quizás sólo retener entre sus labios el nombre de Alicia, su mujer, ese nombre que había elegido como sinónimo del amor; y junto al nombre de Alicia, el de Misael, el nombre que el destino había adherido al concepto de amistad. Pero Misael ya no estaba ni estaría más que en sus pesadillas, esas que no podía olvidar, esas donde lo veía en el horno crematorio retorciéndose de coraje por su destino. Quiso olvidar y decidió hacerlo, pero no pudo… Como otras veces entrecerró los ojos, aprisionando en sus pestañas, como fuesen escasísimos barrotes, la pantalla violeta de la jacaranda donde se proyectaba una y mil veces la misma escena…
        –¡Son unos hijos de la chingada esos escuincles, ingeniero! –le había dicho en más de una ocasión.– Debieran castrar a toda esa bola de cabrones que nomás andan ahí regando hijos por el mundo para que luego esos engendros jodan a la gente… ¡Es más, se debiera matar a toda esa bola de mocosos que no saben ni señalar quien es su padre!
        Misael se lo había repetido muchas veces al encontrar la barda de su casa llena de pintas con signos y rayones que pretendían ser un código secreto y desconocido para los dos ancianos. Lo decía cada tarde cuando ese grupito de muchachos jugaban con el balón, tomando como portería la reja de su casa, lo murmuraba cada noche que la nube de marihuana subía hasta su balcón. Misael ya había agotado todos los recurso… Quejas en la delegación «¿Pero qué le hacemos, jefe?, si esos no respetan a nadie.» le dijeron con su característica diligencia. Luego vinieron las amenazas, los pleitos con los jóvenes y como única respuesta una lluvia de mentadas, burlas y más pintas. Tanto buscar soluciones lo habían dejado agotado, hasta que en el último pleito, luego de enlistar todo el árbol genealógico de ambos bandos, un pelotazo directo a su ventana lo llevó a sacar el viejo revolver y lanzar un par de disparos sin ton ni son para ver si de una vez por todas se largaban de esa calle. Pero en el desorden y por las escaramuzas una bala atinó en la pierna de uno de los jóvenes.
La policía, la demanda, la cárcel, los testigos, los abogados y el tiempo que corría inexorable haciendo evidente su deshonra…
        –Así sería mejor morirse, ingeniero. –Le había dicho cuando lo fue a visitar.
        –No, Misael, quítese eso de la cabeza, ya se va aclarar todo.
        –¿Cuándo?
        –Pronto.
        –Para mí ese “pronto” es muy largo. Si las leyes y la gente prefieren a los bándalos que a uno, con toda una vida de trabajo a cuestas, ¿ya para qué seguir? Ni un familiar, ni un amigo ni conocido mío había estado detrás de las rejas, ni justa ni injustamente. Todos me van a recordar como el único al que metieron a la cárcel; y lo peor, cuando ya estoy viejo, cuando ya no me queda ni el tiempo, ni la energía para remediar esta falta.
       Misael lo desarmó. Los dos estaban muy viejos, y ni qué decir… Fue la última vez que habló con él. Más tarde lo vería cuatro veces más, una, dos días después, cuando estaba lleno de tubos y con un guardia frente al cristal de terapia intensiva del hospital. La otra en su velorio, cuando temblando de pies a cabeza se acercó al féretro para verle casi transparente, con los párpados succionados por las cuencas de los ojos, con algodones invadiendo sus fosas nasales y sus orejas; solamente los separaba un cristal tan pulido que al inclinarse para verlo, su rostro se reflejó en el vidrio, rehundiéndose con el de su amigo quien se había convertido en una calavera apenas cubierta por una fina capa de piel que parecía cera recién fundida.
        La tercera vez que lo vio fue cuando llevaban el féretro al crematorio. Los cargadores llegaron, tomaron el ataúd y comenzaron a avanzar. Casi ya saliendo, uno de ellos giró su cabeza sin qué ni para qué, fue entonces que sintió hundirse en el piso convertido en cenizas mientras una capa de escarcha cubría su frente, nuca y hacía camino por su espalda al ver que el cargador era su camarada muerto. No cayó ahí mismo porque la curiosidad pudo más; por eso apresuró el paso para ir tras el pequeño cortejo hasta alcanzarlos en el crematorio. Seguramente fue su imaginación la transfiguración, pues ninguno de los cargadores guardaba siquiera un leve parecido con su amigo muerto.
        –Siéntese, señor. –Llamó su atención uno de esos hombres– El difuntito era tan menudito que no tardará  mucho. Pero por poco es muy largo el tiempo cuando se está de pie.
       Total, el tiempo se le alentaba de más en más, hasta detenerse de tajo esa tarde… Vio, sin querer verlo, como al cerrar la puerta del crematorio la luz daba de sí, justo enfrente del horno. Era su sombra formada por la danza de diminutos demonios enloquecidos yendo de acá para allá, tomando una forma que él no quería reconocer… Hasta que saltaron del muro calentado por la combustión de su amigo y finalmente terminaron transformarse en el mismo Misael que se retorcía entre sollozos.
        –¿Qué haces aquí afuera? –Apenas atinó a murmurar el ingeniero.
        –¿Qué más te da? Al rato me desvaneceré con el humo y no seré más que eso, humo y hollín que no sirve ni para hacer tinta. Entonces no llegaré ni a recuerdo.
        –Serás mi recuerdo, al menos…
        –Seré un mal sueño, de esos que se pierden en la madrugada… Y mientras, los puercos que pintarrajean mi casa, lo seguirán haciendo.
       Y los minúsculos demonios que formaban la imagen, como chispas de aceite hirviendo cuando le cae agua encima, saltaron para ir a cobijar al ingeniero. «¿Sabes lo que dicen los garabatos que pintan?», preguntaba cada uno de los demonios con la cara de Misael. Lo repetían al mismo tiempo y tan igual que si no se les viera parecería que era una sola voz, la de Misael que repetía la misma pregunta mientras lo aprisionaba con más fuerza contra la pared, asfixiándolo, robando con su espacio al tiempo que se fundían los demonios en un solo rostro y cada vez con más fuerza en cada pregunta que susurraba delante de sus ojos «¿Sabes que dicen? Yo lo descubrí. Dicen ‘Mátame porque no existo en realidad y si no existo, ¿qué te aflige?’ ¿Me entiendes? Eso dice, ¿ya lo entendiste?»
       Cuando por fin los de la funeraria abrieron la puerta, él sentía que sus pulmones no resistirían más y la sombra se rompió en mil centellas que brillaron como fuegos de artificio iluminándolo todo. Ahí fue que él decidió olvidar…
         Pero no pudo y se rindió ante la fuerza de sus recuerdos que ya no pudo tapar luego de entender aquello de que no había que afligirse por los que no existen.

Publicado en la colección "Criaturas de la Noche", Viento Armado, Instituto Coahuilense de Cultura, 2007 
 

UNA BOCA QUE HABLA

             Cuando me casé, todos decían que era la mujer más hermosa del pueblo, y creo que lo era; pero nada más bastó que terminara la luna de miel, para que mi vida se volviera de hiel.
Apenas abría la puerta de mi casa, al regresar del trabajo, y su boca comenzaba a hablar y hablar y a hablar... Hasta se me figuraba que sus labios le iban creciendo conforme salían infinidad de palabras que se liberaban de su lengua y se dirigían hacia mis oídos como dardos.          
          Cambió el color de su lipstick, aquel color rosa pálido dio paso a un fiusha gránate quemado que volvía más impresionante el tamaño de sus labios. Mi adorada esposa se había convertido en una boca que habla.
         Al principio, yo me hacía el desentendido y trataba de cortar cualquier discurso diciendo: “Bueno, creo que ya no hay más que hablar.”
         –¡Cómo que no! Si tengo más de ocho mil palabras en la punta de la lengua.
        Y ahí iba de nuevo mi señora con su largo listado de argumentos mientras yo buscaba algo en que entretener mi atención; ya me ponía a leer el periódico, ya prendía la televisión o ponía algún disco de música estridente para intentar opacar aquella perorata interminable. Bueno, ni en sueños podía descansar: las pesadillas me atormentaban viendo como la boca de ella crecía y crecía desvaneciendo sus facciones para quedar solamente unas fauces gigantescas en lo que alguna vez fuera un bello rostro. Despertaba sudoroso para comenzar a escuchar frases de preocupación de mi esposa que trataba de tranquilizar mi turbado sueño; al verla a la luz de la luna, me pareció que en realidad su boca crecía.
        La pesadilla se fue convirtiendo en realidad, las dimensiones de sus belfos aumentaban día con día y con ello, también se incrementaba la cantidad de palabras que exhalaba. Mi vida comenzó a volverse insoportable. Algo tenía que hacer, y lo hice.
       Aproveché una noche en que dormía plácidamente junto a mí, descansaba su enorme boca sobre la almohada sin dar señales del mayor peligro; el sedante que le había puesto en el café con leche había surtido el efecto deseado, entonces, tomé la aguja de canevá y el cordel de cáñamo y, puntada a puntada, fui cosiendo las comisuras de sus labios acercándome hacia el centro, donde sólo dejé una pequeña abertura para que pudiera ingerir algo de alimento, luego, me senté a esperar que despertara.
        Cuando pasó el efecto del narcótico, ella, mi esposa, la que un día había sido hermosa, se dio cuenta que no podía hablar, que el silencio invadía su rostro y, con una resignación que nunca imaginé de ella, se dirigió a la cocina a preparar un par de licuados para el desayuno. Desde entonces, comencé a enamorarme más y más de ella… Pero la felicidad no es más que un breve destello en el firmamento, ahora, está aprendiendo el lenguaje de los mudos y manotea tanto, que no ha quedado un vaso, taza o adorno en la casa que no haya caído ante sus embates y yo, estoy pensando en comprar un machete bien afilado para sus manos.
Publicado en  "EL UNIVERSAL - ZONA NORTE", 07/VII/'98
 

ESE EXTRAÑO DEL ESPEJO

Berenice no pudo dormir ayer. La oí gemir sus oraciones por horas para espantar a los malos espíritus que la acosan por las noches, esos malditos espíritus que no parecen tener reparo ante el cansancio de los otros, y murmuran sus quejas en la almohada, cada noche que nos desvelan desdeñosamente. A mí tampoco me dejaron dormir y sus palabras aún siguen rebotando entre mis sienes.
Se me han ido metiendo por las orejas esos seres raros, lo sé, pues hoy, al levantarme, encontré en el espejo un hombre que no era yo. Mis ojeras están hondas, tienen el luto obscuro de esta casa y mis labios... ¡No, esos no son mis labios! ¿Quién sino un muerto podría tenerlos tan pálidos, tan resecos, como esos del espejo? Sin embargo, tengo miedo de mirar hacia la cama por no contemplarme muerto y comprobar que en el espejo sólo está mi ánima.
No, no quiero saber que soy como los fantasmas de Berenice, no quiero susurrar a su oído mis canciones e impregnar los rosales de mi arrullo. Por eso me oculto. Por eso me oculto un poco más detrás de ti, con un poco de sol en la niebla... Niebla en la mente, fuego candente que sin verte se extingue, demencia que quema la almohada y ahuma el espejo que borra mis sueños... Y yo que te grito no escucho tu pecho, no encuentro tus ojos y mis manos se pierden de muertas que están sin tenerte, de verte y quererte, de verte y perderte cada día que despierto y descubro el cadáver que dejo en el lino tan blanco y tan pétreo del lecho, tan blanco y tan frío del suave galope de un sueño.
No, yo no soy ese, el del espejo; yo he muerto cada noche envuelto en tu piel de membrillo. He muerto, y Berenice no entiende que no debo verla, pues no soy yo cuando me desvelan sus rezos, sus ánimas benditas y tú... juglar del purgatorio.
Publicado en  "EL UNIVERSAL - ZONA NORTE", 03/VI/'98
 

ELLA

 Desde que la vi, supe que perdería la cabeza. Tan alta, tan espigada, con sus líneas definidas y plantada en medio de la plaza, como invitándome a acercarme a ella. Fue quizás su fortaleza la que me hizo llegar hasta sus pies y arrodillarme ante su sombra como, si el destino se pudiera cambiar con sólo desearlo. Como si yo, no fuera de ella desde que la viera por mi balcón.
Su imagen rondaba mis sueños con el ansia del encuentro y, aunque quisiera apartar su figura de mis ojos, mis pupilas ya eran presa de su brillo y la vislumbraba sonriendo al verme junto a ella. Ella, la que en un suspiro me había robado la vida para no pensar en otra cosa que no fuera ella. Ella, siempre ella... desde entonces.
Cuántas rondas, cuántos bailes y jolgorios habían quedado atrás con su llegada. Ni el más. hábil de los nigromantes podría haber acertado a diseñarme un romance como éste. Debe ser amor, estoy seguro que ha de serlo. Quiero convencerme que es el único motivo que me lleva a pensar día y noche en su estatura, que me hace enloquecer de sólo pensar el momento del encuentro.
Por eso, bajé cada escalón con el cuidado de la prisa, enfilé por la acera hacia ella y delante del sol, desabotoné mi camisa para que mi piel quedara a su cuidado, y dejé que sus aristas rozaran a mi torso. El momento había llegado y no cerré los ojos por no perder en mimemoria el menor de sus movimientos. Éramos ella y yo, los demás no importaban, aunque nos gritaran ofensas en la plaza.
Sí, desde que la vi, supe que perdería la cabeza. Todo quedó quieto y en silencio, nomás el zumbido del aire rasgado por la navaja cayendo desde lo alto y un golpe seco que tajaba mi cuello condenado a la guillotina que me había hecho guiños tantas veces. Ella, que ahora cubría con su sombra micabeza sin su cuerpo.
Publicado en  "EL UNIVERSAL - ZONA NORTE", 17/VII/'98
 

 

 

 

 

 
Anonymous

Eduardo

21 Mar 2012 - 05:20 pm

Tan cruel pero tan fina como su afilada historia. Muy interesante, saludos y felicidades.

Agregar un comentario

Tu nombre

Tu dirección de correo (no se mostrará)

Mensaje *

© 2018 José Lorenzo Canchola